En el valle de Arán - Petitami
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En el valle de Arán

El valle de Arán en una mañana de invierno se levanta colapsado. Por la carretera que une Vielha con las pistas de esquí de Baqueria Beret circulan uno detrás de otro Porsches Cayenne, Audi deportivos y BMW cuatro por cuatro. El tráfico es denso, pero no tanto como otros años. Es enero y todavía no ha nevado. «Los cañones consiguen fabricar un centímetro de nieve cada noche». Hay mucha gente que prefiere ir a comer un buen pastel que esquiar en estas condiciones. «Te cobran el precio de un forfait normal y no están abiertas ni la mitad de las pistas», comenta Ana, una chica de Barcelona que ha venido a pasar el fin de año en Baqueira con su novio. «Mañana no esquiaremos. ¡Te encuentras cada pedrusco en las pistas que hay peligro de romperse una pierna!».

En los pueblos del Baish Arán, en la vertiente norte del valle, no hay aglomeraciones de esquiadores frustrados ni desfiles de coches deportivos. En Bossòst, localidad de un millar de habitantes, la mayoría de coches aparcados son Renaults y Peugeots con matrícula de Francia. Frente al estanco de la calle mayor hay una larga cola de gente. Los franceses vienen cada fin de semana para aprovisionarse de tabaco, alcohol y gasolina, que encuentran más baratos aquí que en su país.

Las tiendas de souvenirs, en el paseo principal, flanqueado por una hilera de plátanos con las ramas peladas, venden sombreros mexicanos y ofrecen descuentos por la compra de jarros de cerámica artesanales. «Plat du jour, 15 euros». Los restaurantes sacan al exterior las pizarras con el menú del día escrito en francés. Es agradable comer en una terraza bajo el sol de enero. Se oye de fondo el rumor de las aguas del Garona, que en esta época baja con poca fuerza.

En el Baish Arán el paisaje es más suave que en Salardú o Arties, donde los picos del Montarto o el Aneto se divisan desde cualquier punto. «La ventaja de los pueblos del Baish Arán es que por la tarde no queda nadie», comenta Cristian, un joven de veintiocho años que viene al valle desde que es un niño. A las seis de la tarde de un sábado, las calles de Bossòst se vacían. Huele a incienso. En breve empezará la misa en la iglesia románica de la plaza, cuyo campanario, del siglo XII, dicen que es uno de los más bellos del Valle. «Mi abuelo me llevaba a la montaña para observar animales», sigue Cristian, con la mirada puesta en el horizonte. «En esta época pueden verse rebecos, ciervos o jabalíes. Lo que no es normal es que los rebaños de ovejas salgan a pastar en invierno», añade.

La falta de nieve permite hacer excursiones a pie tranquilamente. Un sendero de cabras une Bossòst con las ruinas del Casteth, una antigua fortificación medieval a 800 metros de altitud. La excursión a pie dura unos cuarenta minutos y la cuesta tiene poca pendiente. El Casteth se levanta sobre una gruta de piedra llamada Era Còva, cuyo suelo aparece recubierto de excrementos de cabra. «Aquí se refugian los animales para dormir», observa Cristian mientras su perro, un Beagle con un gracioso tic en la pierna trasera, restriega felizmente su cuerpo sobre una gran caca de vaca. Desde la cumbre del Casteth se disfruta de una bella panorámica del Baish Arán, atravesado por el estrecho cauce del Garona.

El río se ensancha a medida que se adentra en territorio francés. La frontera se halla a cinco kilómetros. Tolouse está a tan sólo dos horas de carretera. Lejos del ajetreo de las calles de Vielha, donde los visitantes se apretujan para comprar equipos de esquí o lucir sus abrigos de visón, en la cima de un esperón rocoso queda el pueblo de Es Bòrdes. Su nombre proviene de haber sido un conjunto de cuadras de los pueblos vecinos de Benós y Begós.

En el pórtico de la iglesia, el retrato medieval de un caballero solitario grabado en la piedra da la bienvenida al visitante ocasional de este pueblo, que en invierno sólo recibe tres horas diarias de sol. El caballero, vestido con cota y espada, mantiene los ojos abiertos y las manos juntas a la altura del pecho, en posición orante. A sus pies, la figura de un león de trazos infantiles con una corona sobre su cabeza y la cola levantada dice, en caracteres góticos: «Aquí yace Esteban de Marriaco, hijo de Esteban Marriaco, cuya alma descanse en paz». Se trata de una losa funeraria del siglo XV. Probablemente de un caballero templario, añade. La Orden de los templarios se estableció en el valle de Arán en 1144. Su presencia está bien constatada en San Bertrán de Cominges, un bello pueblo francés con un monasterio románico levantado sobre un montículo frente al Garona, a 6 kilómetros de Bossòst.

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